Nostalgia por Huando
Por: Víctor Cortés
He visitado la ex casa-hacienda Huando, en la provincia de Huaral y la verdad que me chocó. Ubicada en una zona semiurbanizada, no muy lejos del centro de la ciudad, esta mansión que perteneció a la familia, y en donde vivían cómodamente, dedicados a sus hijos y a la producción de las famosas naranjas Huando, luce internamente en mal estado. En realidad, lo que queda son restos de un pasado que la reforma agraria del general EP. ]uan Velasco Alvarado se encargó de sepultar, allá por la década de los 70.
Por fuera, la casa, se muestra imponente. En la entrada, un gran patio empedrado con enormes árboles y al fondo la residencia de estilo colonial, de color blanco y azul, con gruesos arcos y puertas de madera tallada; y al lado derecho una capilla cuya entrada está flanqueada por dos leones que parecen cuidarla.
Una puerta al costado derecho de la Capilla, que conducía antiguamente a las caballerizas, y que fuera convertida luego en cocheras, lo dice todo: los tablones se sostienen con la justa y adentro, no hay caballos ni coches.
El patio es espacioso, y los grandes y frondosos árboles sirven como cobijo a visitantes y lugareños frente al implacable sol e insoportable calor que reina por esta época. Ahí también los turistas estacionan sus vehículos, mientras un enjambre de niños ofrecen sus servicios como cuidadores o “guías”. Pese a su edad, son muy corteses y se muestran sencillos y sin esa malicia propia de los que viven en las urbes.
En la puerta nos recibe Segundo Sandoval (así dice llamarse), quien se supone es el vigilante de la casona. Nos aborda y dice que debemos pagar 1 sol por persona para ingresar. Por supuesto, para él no existe ticket ni recibo alguno, menos una boleta. Solo queda confiar en su palabra. En realidad, es su forma de sobrevivencia, aunque alude que “es para mantenimiento de la casa….para pagar la luz, el agua y comprar el material de limpieza”, y añade: “Tenemos que regar y limpiar… un poco”. Luego, prepara al visitante para lo que vendrá: “Para serle franco, la casa está vacía, no hay muebles, solo los cuartos…pero así está desde que el Consejo de Administración y Vigilancia lo dejó…en los 90 y así la mantenemos…no se ha hecho más”, señala como disculpándose.
Y en efecto, uno siente una profunda nostalgia al trasponer la puerta principal que da al gran salón, al bar y otros ambientes. A cada paso la decepción es enorme y se acrecienta.
Los recuerdos me transportan a mi niñez y entonces se me viene la imagen de una casona muy bonita e infranqueable, a la que solo pudimos entrar, a través de un amigo de mi padre, y donde recogíamos y comíamos naranjas hasta cansarnos.
También recordé, por analogía, cuando visité por primera vez Casagrande, ese enorme ingenio azucarero del norte del país, y en particular, el “bar de los gringos”, como le llamaban los cooperativistas o nuevos dueños de la hacienda, a ese hermoso local donde los ingenieros y profesionales que trabajaban en la azucarera, extranjeros unos, nacionales otros, se reunían para jugar naipes, tomarse un trago y conversar largo.
El bar era una exquisitez. Por donde uno miraba encontraba madera y de la mejor, pino o caoba, si no me equivoco. Mesas, mostrador, sillas, puertas, banquetas, todo. Y todo brillaba porque estaba barnizado, limpio y ordenado.
Años después, cuando regresé, toda la hacienda era una desgracia. Y ese bar elegantísimo, los cooperativistas lo habían convertido en una cantina de mala muerte. Sus maderos lucían pintarrajeados y garabateados, y el brillo del barniz se había esfumado. Sus gruesos tablones parecían agonizar por los grandes tajos y marcas incrustadas. Por todas partes también, abundaba la suciedad y las infaltables moscas. Incluso, sus flamantes “dueños” lucían rostros patibularios, sucios y borrachos. Algunos con machetes en mano o al cincho, parecían personajes salidos de esas películas del lejano oeste, como las que encarnó Clint Eastwood, como “Ringo”, en donde abundaban las balas y los jóvenes y bandidos lucían sucios y harapientos, algo muy distinto a los otros filmes de este tipo.
Por otro lado, aun cuando en aquel entonces yo abrazaba las ideas socialistas, no puedo negar que fue mi primera decepción de lo que significó la “revolución agraria de Velasco”.
No hay que esforzarse mucho para deducir que algo similar sucedió en Huando. Toda la hacienda con casa incluida, fue arrebatada a sus dueños por la reforma agraria y entregada a los peones de la hacienda, que desde ese momento se convirtieron en “cooperativistas”. La bella mansión terminó como el centro de operaciones del Consejo de Administración y el de Vigilancia de esa cooperativa, y entre asambleas y asamblea, entre líos internos y sabe Dios qué más, comenzó a caer en desgracia. Cayó, digámoslo así, a la misma velocidad con que la producción se vino abajo, como sucedió en todas las ex haciendas expropiadas.
Al final, los nuevos dueños se ensañaron con todo. No otra cosa explica el hecho de encontrar salones vacios, sin una pisca de muebles. Ni siquiera una polilla que pueda decirnos: ¡yo me los comí!
Desde entonces, toda la casa-hacienda, con sus salones y habitaciones, luce abandonada. El piso lo barren solo cuando saben que se viene un feriado largo y habrá visitantes. Entonces, echan mano de escobas y trapos, y con un poco de petróleo limpian los pisos. Pero aun así, las maderas crujen y más de una se levanta. Peor se encuentran los baños: sucios y apestosos. La carencia de agua es notoria. El ambiente es desolador, como las chacras (ahora parceladas) que rodean la mansión, y en donde no hay plantaciones de naranjos, sino sembríos de maíz y tubérculos.
Aún así, uno puede percatarse de que se trató de una mansión hermosa, con sus paredes de azulejos, sus pisos interiores y techos de buena madera. Y en su patio interior, sus baldosas de ladrillo intercaladas con losetas sevillanas, su pileta ya seca y hasta una piscina de cemento (construida quizá años después), con su escalinata de ingreso y con ondulaciones, como si se tratara de una pista para patinadores de skateboards.
Si bien la estructura de la casa se mantiene en pie, con sus gruesos arcos, igual que la capilla y otros ambientes, hay partes como las puertas y ventanas, todas de un bello tallado, con aldabas y sostenidas por goznes, así como los techos, también de madera, lucen dañadas y apolilladas en algunas partes, sobre todo lo que viene a ser sus capiteles de estilo jónico. Hasta las maderas de los salones, donde se supone se reunía la familia a jugar naipes o para sus tertulias, han sido castigadas por el abandono.
Incluso, las habitaciones, incluyendo la de los huéspedes, ubicadas en un extremo del primer piso y en parte del segundo, con sus baños incorporados, lucen descuidadas.
Solo en un ambiente del primer piso uno encuentra una mesa de madera con un par de bancas y un closet repleto de archivadores a punto de caerse. Es fácil deducir que allí se reunían los miembros de los consejos para “diseñar” la política a seguir por sus socios. Y no hay error. En uno de los polvorientos documentos se lee: “Memoria del Consejo de Vigilancia” de 1990. Allí uno se entera que los miembros de dicho consejo exigen al nuevo gerente general le pida a su antecesor, un tal Guillermo Almanza, que haga entrega oficial del cargo e informe a los medios de comunicación de su cese en el cargo.
Al parecer, la destitución de este personaje se debió a que hacía compras a empresas con precios sobrevaluados. Es decir, lo de siempre, además del eterno enfrentamiento entre el Consejo de Administración y el de Vigilancia, acusándose mutuamente de malos manejos y coimas, lo que al final contribuyó al fracaso total de esas administraciones.
Fue precisamente en la década de los 90 que el gobierno parceló las tierras y de un plumazo borró del mapa las ineficientes cooperativas con sus pleitos internos y su cada vez más decadente producción.
Sacados del escenario, ambos consejos ya no tenían qué hacer en la casa-hacienda y la abandonaron.
Al retirarme, le digo al vigilante: “Oiga, he sufrido una gran decepción….pues yo conocí este lugar hace años, era otra cosa.…”seguro que ahora usted ha terminado como dueño….”. “No”, me responde titubeando… “pero de algo tengo que vivir…¿no cree?”, me dice con una sonrisa cómplice.
